Naturaleza

Crónica del Antropoceno

18 de Diciembre, 2018 | por Leonel Roget, responsable de Comunicación de la Fundación Vida Silvestre
Un día el hombre se olvidó de que necesitaba a la naturaleza para vivir y comenzaron los problemas. Es momento de volver a ella, a la Madre Tierra.
Foto: WWF

La historia comienza hace unos 4.100 millones de años cuando irrumpió en nuestro planeta un elemento novedoso: la vida. Surgió con las primeras bacterias -formadas por una sola célula- y con ellas comenzó a activarse el mecanismo de la evolución. Los organismos microscópicos fueron la única forma de vida en la Tierra hasta hace cerca de 600 millones de años, cuando la llamada Explosión del Cámbrico generó la mayoría de las divisiones de animales que aún hoy existen. Luego de largos y complicados procesos evolutivos, se calcula que actualmente existen cerca de 8,7 millones de especies, aunque alrededor del 90% aún no fueron descritas por la ciencia. Los conjuntos de estas especies y sus interacciones es lo que llamamos biodiversidad.

Desde entonces la biodiversidad sufrió cinco extinciones masivas en las que desapareció un gran número de especies debido a cambios repentinos en el ambiente. La última ocurrió hace 66 millones de años y borró del mapa a los dinosaurios, con excepción de las aves que, junto a los mamíferos, se impusieron como los animales terrestres dominantes.

Ha llegado un extraño

Hace solo 200 mil años que surgió nuestra especie: Homo sapiens. Y hace apenas 50 mil que los humanos empezaron a mostrar los signos de diferencia conductual que fueron el origen de todo lo que forma parte de nuestra cultura hoy. Por aquel momento comenzaron también las primeras extinciones aceleradas por nuestra especie: gran parte de la megafauna, incluyendo los mamuts y el oso de las cavernas en Europa, o los gliptodontes y los megaterios en Sudamérica.

En ese entonces, el contacto del hombre con la naturaleza era directo e inevitable. Cazaban animales y recolectaban frutos y granos y, por la noche, era imposible no ver las estrellas. No es casual que algunas de las primeras formas de arte, como las pinturas rupestres, remitan a los grandes animales y que algunas de las primeras formas de escritura, como los jeroglíficos egipcios, fueran representadas por animales y plantas.

Hoy nuestra relación con la naturaleza se invirtió. Sabemos cuál es la serie más popular, quién fue elegido presidente en los Estados Unidos o qué país ganó el último mundial de fútbol. Basta con invitar a amigos y familiares a enumerar diez jugadores famosos junto con diez especies de plantas o de aves del país. Por lo general, los resultados no son alentadores para el patrimonio natural y cultural y, en cierta forma, es esperable que sea así: nuestra especie se pasó casi 50 mil años mirando árboles y animales pero antes no teníamos ni Facebook ni Netflix. Ahora que los tenemos, ¿por qué habríamos de seguir prestándoles atención?

Una primera razón es que al conocer la biodiversidad ampliamos nuestra visión. Si podemos distinguir a un hornero de un carancho, o un ceibo de un mburucuyá, dejaremos de ver un conjunto uniforme de aves o plantas y las podremos observar de forma individual. Y es casi inevitable que, al saber de la existencia de esa riqueza natural a la que pertenecemos y a su vez nos pertenece, entendamos que está amenazada. Y entonces buscaremos hacer algo para evitarlo.

La segunda es que pese a que nuestra cultura y nuestra tecnología se expandió hasta llegar a la Luna, crear internet y transformar la superficie de nuestro planeta, seguimos siendo parte de ese proceso que nos trajo aquí hace 4 mil millones de años. Aunque a menudo lo olvidemos, los humanos somos animales y, como tales, dependemos de la naturaleza: necesitamos oxígeno, agua, comida, un clima estable y recursos naturales, salud y bienestar. Nada de esto es posible sin la biodiversidad, así que si queremos seguir por acá un rato más, debemos actuar rápido.

Cada año los humanos consumimos un 60% más de los recursos que podemos producir. Esto no es gratis. Nuestra generación ya está pagando los costos del agotamiento del capital natural y el escenario que puede seguir es imaginable: más competencia por la tierra y el agua, más conflictos sociales, migraciones y poblaciones enteras a merced de los desastres naturales.

Claro que la evolución continuará cuando hayamos desaparecido. Pero si esto no está en nuestros planes, la única solución es un cambio de conciencia y decisiones reales para alcanzar un futuro donde el desarrollo ambiental, social y económico sea sostenible. No  debemos caer en el error de pensar que desde nuestro lugar no podemos hacer nada. Con el solo hecho de prestarle atención a la biodiversidad que aún nos rodea, ya estamos contribuyendo a ponerla en valor.


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